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KYUDO Y APRENDIZAJE.CRONICAS DE UN MUDAN

kokon2 | 31 Octubre, 2009 19:36

 

KYUDO Y APRENDIZAJE .CRONICAS DE UN MUDAN:

  Esta mañana me he levantado  a las siete y me estaba preparando para seguir mi difícil andadura como MUDAN en la práctica del Kyudo. Estaba preparado, dispuesto desde el día anterior para asistir, pero por un momento, he tenido una vaga sensación de pereza profunda, sobre todo porque sé que en mi aprendizaje asisto constantemente a polémicas,  diferencias y  arbitrariedades. Esa es una condición de todo alumno, de todo aprendiz, DE TODO PROCESO DE ENSEÑANZA, reconozco que mi temperamento orgulloso, aunque intento que no sea así, no lleva bien estas tres condiciones obligadas a todo camino de progreso.

Estaba pensando en todo esto y entonces sucedió lo siguiente: en ocasiones consulto de un modo informal el I Ching para que me oriente en algunas dudas, abro las páginas al azar y casi siempre encuentro un buen consejo. Esa costumbre la he extendido a otros libros y ejerzo con ilusión el arte de la bibliomancia. Consiste en escoger , llevado de la intuición, una página de un libro y a ver que pasa.  Tenía sobre mi mesa el libro "Hekiganroku" o lo que es lo mismo "Crónicas del Acantilado Azul" una recopilación de cien historias de maestros zen recopiladas por Setcho Juken y traducidas y comentadas por el monje Dokuso Villalba. He abierto el libro al azar y me ha salido la página 108. Me ha parecido un texto revelador. En él se habla de algo fundamental para la práctica del Kyudo y para la vida desde mi modesto punto de vista, y es la importancia del desprendimiento y la compasión en el ejercicio del maestrazgo, la gran fuerza del saludo cordial y el afecto. Unas cualidades , que si son sinceras son fundamentales tanto para el que enseña, como para el que aprende y que  intentaré aplicarme de inmediato. 

Dice así:  

Los combates de Dharma eran habituales en la China antigua. Los monjes visitaban a los maestros y les hacían preguntas intentando pro­bar su comprensión o medir la suya propia con la de los maestros. Es­to es como introducir una vara en el agua para medir su profundidad o como meter una vara en agua profunda para comprobar la longitud de la vara misma. Un combate es cosa de dos. Pero ¿qué sucede cuan­do uno ataca y se encuentra con el vacío? Ryutetsuma, cuyo nombre significa literalmente "molino de hie­rro", era una monja conocida por su tendencia a pulverizar a sus opo­nentes en los combates de Dharma. Su comprensión era rápida como una estrella fugaz y sus acciones instantáneas como el relámpago. To­do ello como fruto de sus años de entrenamiento, de práctica y de es­tudio. Aun así, al lado del maestro Isan, era como una tortuga incapaz de borrar las huellas de su cola. La tortuga es muy inteligente: con su cola borra las huellas dejadas por sus patas para que de esta manera ningún otro animal pueda seguirla hasta su nido y robar sus huevos. La monja no era lo suficientemente inteligente, ni capaz como para borrar la huella dejada por su cola .  Isan, por el contrario, era realmente un viejo búfalo. Cuando se sentaba sobre la Cumbre Maravillosa, ningún demonio podía acercar­se a él. Cuando se sumergía en las fosas abisales de su samadhi oceáni­co, ni siquiera el Buddha podía localizarlo, porque allí donde él estaba no había ni Buddha-objeto,  ni Buddha-sujeto. Ryutetsuma se introdujo en la fortaleza de Isan como un general preparado para la batalla, pero quedó desarmada ante el saludo cordial y cariñoso de Isan. Aun así entabló combate al preguntarle: " mañana hay un gran festival en Taisan. ¿Irás?" Taisan era una montaña sagrada dedicada al bodhisattva Manjusri. En ella había muchos templos bu­distas y muchos monjes y sabios. Era un lugar de peregrinación. La montaña Taisan se encontraba a cientos de kilómetros del lugar en el que vivía Isan. Se necesitaban varias semanas para llegar hasta allí. ¿Por qué preguntó entonces Tetsuma si Isan estaría al día siguiente en el festival? Era una pregunta muy poco razonable. A menudo en el Zen nos encontramos con preguntas o afirmaciones muy poco razonables. Pero la pregunta de Tetsuma era un reto, un ataque: estaba metiendo la va­ra en el agua para medir su profundidad. Isan se tendió en el suelo a todo lo largo, se puso cómodo. Los seis reinos (las seis conciencias sensoriales de lsan) estaban en paz. Nada había que hacer allí. El agua quieta y profunda se tragó la vara y a quien quería medir su profundidad. Tetsuma, comprendiendo que Isan era demasiado para ella, se marchó sin decir nada más. Allí no había nada, ni santo, ni Buddha, ni tortuga, ni huevo, ni cola, ni huellas. Sólo silencio.   

 

comentarios

  1. Conocimiento

    La verdad esencial de la VIDA puede tomar forma, en el mundo humano, en dos figuras: en la del Sabio y en la del Maestro. Ellos no son personajes históricos reales si no han sido transformados desde lo profundo del Ser supra-natural. En medio de un mundo condicionado, ambos se sienten libres de toda contingencia. Han sobrepasado las pruebas fundamentales de la existencia humana: el miedo, la desesperación, el abandono.

    En el maestro, la VIDA no es sólo la fuerza viva que le ha transformado y llevado a un plano superior de humanidad, sino que también le hace capaz de cambiar a los otros. El maestro no es únicamente el homo divinans, es además del homo faver. En él, como en el sabio, la VIDA transcendente, interiormente consciente como una fe viva, está también presente como un proceso de toma de conciencia y de metamorfosis siempre crecientes. Lo que hay de sobrenatural en el maestro, es a la vez una experiencia de saber luminoso y una fuerza activa de evolución.

    Al sabio y al maestro se añade un tercer personaje. Su toma de conciencia de la vida toma forma especialmente por el saber. Es el hombre docto, en la India se llama Pandit, no en el sentido de nuestros científicos, porque él se interesa por un saber que va más allá de la razón. Sin ser él mismo un transformado perfecto, puede transmitir, sin embargo, el conocimiento esotérico. Participa del sabio y del maestro, pero vive buscando, explorando, absorbido por las cosas secretas, por las leyes ocultas, por el sentido primitivo de los símbolos.

    El maestro interior. El maestro, el discípulo, el camino. Dürckheim. Ed. Mensajero. Bilbao. (pág. 25)

    Antonio | 02/11/2009, 00:55
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